Con la mirada de

Por: Ethel Riquelme.- Tras la fuga de Joaquín Guzmán, El Chapo mayor, de la prisión de alta seguridad en Almoloya en 2015 —vigilada por Segob y Sedena—, el entonces comisionado de Seguridad, Alejandro Rubrido corrió a pedir apoyo a la Marina para recapturarlo “de inmediato”, la respuesta de la comandancia del Estado Mayor Naval fue una sonora carcajada. ¿Que quiere, qué? – “Las cosas no se hacen así, Señor. Lo haremos a nuestro tiempo y con nuestros protocolos”.

Un año después y por tercera ocasión, el mayor capo del país, el más buscado a nivel internacional y el líder de la organización criminal y financiera más fuerte del continente, fue recapturado por grupos de élite de la Armada de México, sin pérdidas de inocentes y tras una persecución férrea que motivó el respeto entre combatientes, por haberlo logrado “de ley”; mediante la inteligencia de unos (seguirlo por meses y conocer sus hábitos) y los errores de otros (enviar a su secretario por tacos y revelar que estaba en el refugio).

Pero al éxito habían antecedido muchos momentos de crisis. Una vez, en plena huida, El Chapo, acompañado por su esposa Emma Coronel, sus hijas gemelas y una nana, fueron captados por drones infrarrojos a través de la sierra de Durango poniéndose al centro de la diana. La operación, como todas las de ese nivel, esperaba sólo la orden de fuego, pero personalmente el secretario de Marina ordenó la suspensión para no matarlas a ellas, “ya caerá en otro momento”, dijo, sin dar conferencia de prensa para elogiar la vida sobre la detención, por cierto.

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Otra, cuando durante la captura de Arturo Beltrán Leyva, en 2009, al interior de su condominio en Cuernavaca, Morelos, los elementos infiltrados tuvieron que salir por tubos de basura para evitar ser descubiertos, asesinados y fracasar una operación de años que en varias ocasiones había permitido la fuga de los Beltrán y de La Barbie por pitazos de otras corporaciones, lo que tampoco implicó que la Marina dejara de trabajar coordinadamente con Ejército y policías, pero con otros sistemas de información.

Nunca, sin embargo, una acción frustrada de la Marina ha incurrido en los errores ni de estrategia, ni operativos, ni comunicativos, ni de coordinación, ni de riesgo civil, etc., como los cometidos por la Sedena en Culiacán; y para muestra el botón que significó, unos días después, la limpieza y puntualidad de la operación desarrollada por elementos de la Armada de México en la Ciudad de México, ni más ni menos en las colonias Tepito y Morelos, —sitiadas por la delincuencia— y donde además de las capturas se pudo conocer mucho más sobre la estructura y proceso de las bandas.

Mediante un plan que ejemplificó cómo debe ser la coordinación de instancias sin celos ni desconfianzas, sin poner en riesgo a la población, con la coordinación de la policía local, con la comunicación con la Procuraduría y las órdenes de cateo y detención, con el equipo necesario para reacción rápida, con los recursos móviles indispensables para traslados, comunicación y hasta oficinas digitales de información en camionetas e instalación de cercos de seguridad y la elección de los horarios. Ahí los resultados, aunque los jueces hayan liberado a los detenidos.

Tan sólo un check up de la forma como aplica sus operaciones desde hace 20 años la Armada de México, con estándares internacionales, con entrenamiento conjunto, con comunicaciones de seguridad y tecnología de punta, hubiera ayudado a los grupos tácticos del Ejército Mexicano, también altamente preparados, a eliminar riesgos y allanar el camino.

Si los protocolos existen, entonces, ¿qué pretendían los mandos militares con el apresuramiento admitido por el Secretario de la Defensa?.

Capturar a un pez gordo que compusiera la imagen del Ejército ante los ojos de los mexicanos que desde el inicio de esta administración hemos visto soldados ofendidos, agredidos, emboscados, indignados, golpeados, secuestrados, boquibajeados y menospreciados hasta por el propio gabinete asignándoles tareas fuera de la ley y del orden.

Un gran golpe que los pusiera también en la mira de la aprobación del presupuesto que se debate en la Cámara de Diputados para justificar un aumento mayor al que plantea la propuesta de Ley de Egresos, sobre todo cuando la Sedena será de nuevo el sostén de la Guardia Nacional y otros proyectos.

Un spotligth que en forma destacada los hiciera visibles a los ojos del gobierno de Estados Unidos y su recién designado embajador, para ser ellos y no más la Marina, los nuevos aliados militares y operativos de las fuerzas castrenses del norte, con entrenamiento, equipo, capacitación, ejercicios, etc.

La oportunidad estaba ahí, pero la tomaron con la orilla del guante, demasiado peligrosa.

Justo la reunión sostenida días antes en territorio mexicano por el gabinete de seguridad, elementos de la DEA y gobernadores de Estados Unidos, que según narran las crónicas hicieron un recorrido y asimilaron el enorme tamaño del cártel, desencadenó el deseo de Donald Trump para capturar a los hijos del Chapo como parte de sus apuestas electorales. Así lo pidieron.

Fue visto entonces, como la oportunidad de oro para los mandos del Ejército. Con la aprobación del presidente, tanto en la parte operativa como el objetivo de reconquistar la confianza del gobierno vecino decidieron actuar con apenas algunos datos ofrecidos por la DEA, una agencia del estadunidense que ni allá cuenta con la mejor de las acreditaciones.

Hoy, el gobierno mexicano, tendrá que prepararse para explicar todo el operativo, el fracaso, origen, consecuencias y recapturar mucho más que a los chapitos. La confianza destruida en el terreno de la filosofía castrense, del campo operativo, del terreno binacional, de la colaboración con otras instancias de seguridad y hasta en el comunicativo con un rosario de errores y mentiras.

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La urgencia por la recaptura
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Si los protocolos existen, entonces, ¿qué pretendían los mandos militares con el apresuramiento admitido por el Secretario de la Defensa?.
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